Año 1987: en Barcelona casi no hay recursos consolidados para personas sin hogar, ni públicos ni privados, ni se sabe cuánta gente duerme en la calle. En este contexto, un grupo de voluntarios puso en marcha un centro abierto que quería acoger a personas que vivían en la calle. Así nació Arrels y, desde entonces, ha atendido a 7.500 personas. En estos 25 años el contexto ha acompañado: se han creado nuevos recursos públicos, se trabaja en red con el resto de entidades y se han aprobado leyes y planes contra la pobreza. La crisis actual, sin embargo, plantea retos.

“Recuerdo el día que abrió el centro abierto. Queríamos un local de 1.000 m2 que abriera las 24 horas y se quedó en uno de 60m2 que abría dos horas, con agua de depósito, cocina y un comedor pequeño. En Barcelona no había ningún otro centro así.”

Quien habla es Ramon Noró, coordinador del Área de Incidencia de Arrels y una de las personas que arrancaron el Centre Abierto Arrels para Transeúntes” hace casi 25 años. En Barcelona existían el albergue Sant Joan de Déu, el centro de convalecencia Santa Lluïsa de Marillach, y poca cosa más; se desconocía cuánta gente dormía en la calle, no existía el Programa Municipal de Atención a Personas Sin Hogar y tampoco se había creado la Consejería de Bienestar Social de la Generalitat, ni la Renta Mínima de Inserción.

Cuatro meses después de abrir el centro abierto, una docena de personas que vivían en la calle pasaba cada día por él y los voluntarios sacaban conclusiones: “Hemos aprendido que el trato personal, el escuchar, dignifica a la persona y por eso vuelven y crean lazos. Hemos intentado buscar soluciones: pagar alguna pensión, tramitar documentación, derivar a otros centros… Hemos conocido nuestras limitaciones”.

En pocos años el proyecto empezó a tomar forma: el centro abierto se amplió, se contrató a la primera persona y se crearon los equipos de calle y el Refugio, un espacio de acogida temporal y baja exigencia. Una de las personas que conoció el Arrels inicial y que aún sigue vinculada es Juan Olarte: “Recuerdo el primer centro abierto, con una ducha y que estuve en uno de los primeros pisos, con pocos muebles”.

Pilar Malla, que después ha sido Defensora de Pueblo de Barcelona, trabajaba en Cáritas: “En el autobús veía voluntarios de Arrels que acompañaban a personas al hospital. Era una tranquilidad saber que alguien se ocupaba seriamente de los sin techo”.

Barcelona y las personas sin hogar

En los 90 surgieron más recursos para las personas sin hogar. Carles Cabré dirige los Servicios de Atención Social de Progess, organización que presta servicios sociales al Ayuntamiento de Barcelona, y en aquellos años ya conocía la realidad de las personas sin hogar: “El Ayuntamiento tenía un servicio de primera acogida con asistentes sociales reactivos y no había una política municipal con cara y ojos para afrontar la problemática de las personas sin hogar”. Así nacieron los Servicios de Inserción Social (SIS), con una misión: saber cuánta gente había en las calles en Barcelona.

Avanzar no fue fácil. Según Núria Carrera, actual decana del Colegio de Trabajadores Sociales de Cataluña, y que en 1992 trabajaba en Cruz Roja, “los recursos estaban muy por debajo de lo que debía ser”. “A medida que poníamos en marcha servicios se evidenciaba que había personas que solas no podían superar la situación” añade Ramon Noró.

Diálogo y más diálogo

A principios de los 90, el primer intento de Arrels de crear un piso estable para personas sin hogar no había funcionado, el centro abierto se había trasladado a la calle Riereta y la idea de crear el Hogar Pere Barnés ya estaba presente.
En 1995, Núria Carrera era regidora de Bienestar Social del Ayuntamiento: “Recuerdo aquella época con mucho esfuerzo para explicar el papel que podían tener las políticas sociales”.
En 1995, el Ayuntamiento inauguró el Centro de Día Meridiana y le siguieron iniciativas como el Programa de Acogimiento Invernal, Can Planas y el Plan de la Pobreza”; y de manera paralela entidades como el Centro Abierto Heura. “Es a finales de los 90 que Arrels empieza a transformarse y a crecer” añade Ramon Oró.

Recursos y leyes que acompañan

En los últimos diez años la manera de abordar el sinhogarismo ha cambiado. Un ejemplo es la evolución del alojamiento que ofrece Arrels. Del Refugio se pasó a financiar alojamiento en pensiones. En 1999 dormir en una pensión costaba 240 euros al mes, por eso en 2001 se inició el Programa de Acceso a la Vivienda para ofrecer alojamientos más dignos y económicos. En 2007 se inauguró el Hogar Pere Barnés y en los últimos años, con la crisis, se ha añadido la opción de las habitaciones de realquiler.
A nivel público también se ha hecho un esfuerzo: la operación frío pasó a durar todo el año y se abrieron nuevos albergues. Esta evolución vino acompañada de normativas que han favorecido a las personas vulnerables como la Ley de Dependencia, la nueva Ley de Servicios Sociales y el Plan Municipal de Inclusión Social.

Los retos que plantea la crisis

En noviembre Arrels hará 25 años, una celebración que quiere poner el acento en la importancia de ser útiles. Desde que se creó la entidad y con el apoyo de 1.300 voluntarios y profesionales se han atendido a más de 7.500 personas sin hogar.

El 25 aniversario llega en un momento de crisis económica y plantea retos. Según Pilar Malla, en política social “nos estamos dedicando a apagar fuegos y no se previenen fuegos futuros”. De la misma manera piensa Núria Carrera, que apuesta por una “discriminación positiva” hacia los más vulnerables.

En el caso de las personas sin hogar, el perfil está cambiando y, si no se vela por el sistema de protección social, más gente caerá en exclusión severa. Preocupa la situación de las personas inmigrantes sin regularizar y sin hogar, y las personas que están en la calle con enfermedad mental.

Desde su experiencia en la calle, Juan Olarte lo corrobora: “Hay más gente en la calle, sobre todo de fuera de España. Los servicios sociales están llenos y en los comedores hay lista de espera. En el futuro, Arrels y otras entidades no llegarán a todo”.

Cabré destaca los retos pendientes: equipamientos “críticos, con estatus de privilegio” basados en criterios sociales; más recursos para los municipios de fuera de Barcelona, mejorar la coordinación del sistema de protección social y “que lo público deje de ser reactivo”. “Se necesitan recursos más individuales y vinculados a pisos protegidos”, continúa Carrera.

Arrels añade más retos: continuar el trabajo en red, garantizar a los más vulnerables una política de ingresos suficientes y tener en cuenta que no todas las personas sin hogar serán autónomas ni productivas laboralmente, pero que pueden aportar a la sociedad en otros niveles. Juan Olarte lo tienen claro: “¿El futuro? Soy feliz a mi manera pero siempre se puede mejorar”.


25 años en red y de voluntariado

En estos 25 años de historia, Arrels ha acompañado a las personas sin hogar que están en una situación más frágil y consolidada de exclusión y esto se ha hecho fomentando el voluntariado y el trabajo comunitario con entidades y administraciones.

El primer centro abierto se abrió gracias a un grupo de personas voluntarias vinculadas a las parroquias de Sant Pere Claver y Sant Miguel del Port y a entidades como Cáritas, órdenes religiosas como las RR de la Immaculada Concepción, Hijas de la Caridad y Hermanos de Sant Juan de Dios. Hoy día más de 220 personas son voluntarias en Arrels. “La tarea de Arrels, de hecho, se hace gracias a las personas voluntarias que acompañan en su proceso a las personas sin hogar y complementan el trabajo de seguimiento social de los profesionales”, dice Ramon Noró.

En el caso del trabajo en red, es indispensable para avanzar en la lucha contra el sinhogarismo. Un ejemplo claro es la creación en 2007 de la Fundación Mambré por parte del centro Asís, la Compañía de las Hijas de la Caridad, la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y Arrels, para dar respuesta a la falta de alojamiento adecuado para personas sin hogar en Barcelona. Y un ejemplo más: la Red de Atención a Personas Sin Hogar, formada por 26 entidades y el Ayuntamiento, para emprender proyectos comunes y sensibilizar a la población.

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