Arrels acopmpanya en la mort a les persones sense llar

En el último año hemos dicho adiós a Manuel, Enric, Mohamed, Jaume, Waldemar… y así hasta a una treintena de personas que vivían o habían vivido en la calle y que conocíamos. Algunas han muerto en la calle, otras en el hospital y otras en el piso o la residencia donde vivían. En algunos casos, las hemos acompañado durante una enfermedad y, en otros, la muerte ha venido de repente. Os explicamos cómo el hecho de vivir en la calle acorta los años de vida y como acompañamos desde Arrels.

A las 9:10h de la mañana, los operarios suben al andamio que les lleva hasta uno de los últimos nichos del muro. Entran la caja y sellan el agujero con cemento. Sólo se escucha cómo trabajan y, en cinco minutos, han terminado. Nicho tapado, sin lápida ni inscripciones.

Esta mañana decimos adiós a Mircea. Vivía en la calle, tenía 47 años y hacía 10 que lo conocíamos y lo pasábamos a visitar. A su entierro, de beneficencia, hemos asistido nueve personas de Arrels y los dos operarios del cementerio.

“El otro día pasamos por la plaza donde vivía para hacerle un homenaje y pensamos que estaría bien que llevara su nombre”, comenta uno de los voluntarios antes de irse. “No te dejaba indiferente. Y los profesionales del hospital y el CAP donde le acompañábamos, un diez “, añade otra voluntaria.

Vivir en la calle deteriora la salud y acorta los años de vida. De media, una persona que ha vivido al raso en Barcelona vive 20 años menos que cualquier otro vecino o vecina de la ciudad. Los motivos son muchos y todos suman: el frío, la tensión para buscarse la vida cada día, la violencia a la que está expuesta la persona, la mala alimentación, los consumos de alcohol o drogas en algunos casos, el escaso acceso a la sanidad…

Escuchar a la persona

Entre los años 2006 y 2016, desde Arrels hemos acompañado a más de 6.500 personas sin hogar de diferentes maneras: visitándolas en la calle, en el hospital o en la residencia; ofreciendo servicios básicos como ducha y consigna; garantizando el alojamiento digno y estable. A 244 de todas estas personas, las hemos acompañado también en la muerte cuando nos han dejado. De media, tenían 58 años.

“El acompañamiento que hacemos es atemporal. De manera natural y casi sin darnos cuenta cuenta, estamos con la persona durante la última etapa de su vida y también durante la muerte”, explica Ester Sánchez, responsable del equipo de Apoyo a la Persona.

Muchas de las personas a las que acompañamos tienen una salud frágil a causa de alguna enfermedad física o mental; otras son mayores y las visitamos en la residencia en la que viven. También hay personas a las que, por motivos de salud, no tenemos capacidad de cuidarlas y entran a vivir en un centro sociosanitario; y hay personas que, por el hecho de vivir en la calle y los riesgos que supone, mueren siendo más jóvenes.

A menudo también coincide que personas que han vivido muchos años en la calle y que entran a vivir en un piso empiezan a tener problemas de salud. “Entras en casa, te relajas y aparecen enfermedades latentes. La persona comienza a ir al médico de manera habitual y se descubren enfermedades crónicas”, comenta Ester Sánchez. En otros casos, aunque la persona tenga ya una casa donde vivir, la dureza de la vida en la calle y los problemas que se derivan del consumo de alcohol provocan muertes repentinas y que no esperábamos.

Una de las piezas claves en este acompañamiento es escuchar a la persona y respetar sus decisiones. Nos pasó con Mohamed. Vivía en la Llar Pere Barnés, una residencia de Arrels para personas que han vivido en la calle y que tienen problemas de salud. “Le tenían que operar y él no quería. Sufría un deterioro cognitivo pero tenía muy claro qué quería y desde el CAP nos ayudaron a cumplir su voluntad”, explica Laia Vila, responsable de la Llar. Un día, apareció un familiar de Mohamed y marcharon hacia su país; 15 días después, volvió a la Llar Pere Barnés para morir allí, como él había pedido.

Respetar a la persona y a la familia

Manuel, en cambio, nos pidió no llamar a su madre y sus hermanos a pesar de saber que estaba muy enfermo. Desde Arrels lo acompañamos durante el proceso de su enfermedad pero murió solo. Al día siguiente llamamos a su madre.

“Muchas veces, lo que pasa es que la persona tiene vergüenza”, por eso nos pide no llamar a la familia, explica Josep Maria Anguera, educador social en Arrels. Cuando la persona nos ha dejado y se contacta con la familia, entonces la pregunta es clara: ¿por qué? “Tenemos que dar muchas explicaciones. Hay hijos que quieren saber qué pasó con la persona, se hacen preguntas y tenemos que ser neutrales sabiendo que hemos acompañado a la persona y que también, de alguna manera, estamos acompañando a la familia.”

En otras ocasiones, en cambio, la conciencia de estar enfermo y de la muerte llevan a reencuentros con la familia. Le ocurrió a José Manuel, que 30 años después de no ver a sus hijas las pudo ver antes de morir; y a Driss, que se reencontró con su familia y lo cuidaron hasta el final.

¿Cómo afecta a la salud el hecho de vivir en la calle?

Desde que Arrels se creó hace 30 años, acompañar y atender a la persona es uno de los pilares de la entidad. Esto significa visitar a las personas que viven en la calle y que se encuentran en peor situación, poder ofrecer alojamiento estable, acompañar al médico y garantizar que las personas hospitalizadas no están solas, visitar a las personas que han pasado a vivir a una residencia, garantizar que siempre hay alguien en un entierro…

En 2017, hemos preguntado sobre su estado de salud a personas que viven en la calle, personas que viven en un piso o una habitación y personas que viven en la Llar Pere Barnés de Arrels. La percepción sobre el estado de salud es muy subjetiva pero nos ofrece algunas pistas interesantes: tener un hogar da estabilidad a la persona, le permite recuperarse físicamente y mentalmente y ayuda a detectar problemas de salud y a seguir los tratamientos médicos de manera continuada.

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