Tener que vivir en la calle deteriora la salud y acorta los años de vida. El frío, la lluvia y el calor; la inseguridad y las violencias constantes; la falta de descanso; la dificultad para acceder a servicios básicos y sobrevivir; y la soledad, entre otros factores, impactan profundamente en la salud física y emocional de las personas. En Arrels lo vemos cada día: las personas que viven en la calle y a las que acompañamos envejecen antes de tiempo y llegan al final de su vida con un deterioro acelerado.
En la ciudad de Barcelona, actualmente cerca de 2.000 personas duermen en la calle. Su día a día a la intemperie implica mucho más que no tener un techo: significa haber perdido recursos, confianza, seguridad, vínculos, salud y derechos. Es una situación de sobreesfuerzo permanente que impacta en la persona y en su estado de salud. Cuando vives en la calle es difícil dormir y descansar bien, hay que estar siempre alerta, desplazarse constantemente para ducharse y acceder a recursos básicos, se está más expuesto a la violencia y se visita menos al médico.
En Arrels lo sabemos porque, desde hace cuatro décadas, acompañamos a personas sin hogar y salimos a las calles de la ciudad para visitarlas. Y también porque, desde hace unos años, las propias personas nos explican su situación y necesidades a través de encuestas.
De media, las personas que viven en la calle en Barcelona tienen 43 años y llevan 4 años y 5 meses viviendo al raso. Más de la mitad tienen dificultades para descansar durante el día y no pueden alimentarse con comida caliente; más del 80% han sufrido violencia física y/o verbal; y muchas no tienen cobertura sanitaria más allá de los servicios de urgencias. Cuatro de cada diez personas que viven en la calle valoran negativamente su estado de salud, mientras que en el conjunto de la población de la ciudad este porcentaje no alcanza el 20%.
Cuanto más tiempo se vive en la calle, más se deteriora la salud y más se aceleran los procesos de envejecimiento. De hecho, las personas que viven al raso en Barcelona viven de media 58 años; es decir, 25 años menos que el resto de vecinos y vecinas de la ciudad.
Cuando hablamos de muerte y sinhogarismo no hablamos solo de los últimos días de vida. Hablamos de trayectorias marcadas por la exclusión, la pérdida de derechos y un desgaste sostenido que a menudo acelera los procesos de fragilidad. Las personas a las que acompañamos desde Arrels ven cómo aparecen antes los signos físicos, cognitivos y emocionales de la vejez. Muchas conviven con enfermedades crónicas, problemas de salud mental, consumo activo de tóxicos y deterioro cognitivo que, en muchas ocasiones, se agravan por las dificultades de acceso y continuidad en la atención del sistema sanitario.
Acompañamiento desde el inicio y hasta el final
En Arrels construimos vínculos con las personas que viven en la calle y las acompañamos desde que las conocemos y hasta que nos dejan. Nuestro modelo de atención implica acompañar desde una mirada integral, respetando los ritmos y las decisiones de cada persona, sin imposiciones y favoreciendo que pueda decidir por sí misma hasta el final.
Trabajamos desde la reducción de daños, poniendo a la persona en el centro cuando acompañamos situaciones de salud frágil y ofreciendo apoyo en situaciones cotidianas para que pueda sostener un cierto grado de autonomía. Lo hacemos de muchas maneras: por ejemplo, promoviendo y acompañando el vínculo entre la persona y el sistema de salud, ayudando en el día a día en acciones como ducharse o recordar la medicación, respetando las decisiones de las personas en los procesos médicos y de recuperación, visitando a las personas hospitalizadas o acompañando a aquellas que pasan a vivir en una residencia de personas mayores.
Con las personas a las que acompañamos directamente en la calle, esto es más complicado. En cambio, cuando podemos garantizar un alojamiento, este acompañamiento en la salud y el final de vida ofrece más posibilidades.
Disponer de un espacio o un hogar estable facilita el descanso, el acceso continuado a la atención médica y el vínculo con los equipos profesionales. También nos permite abordar con más calma aspectos que a menudo quedan invisibilizados cuando la persona vive en la calle: hablar sobre qué le gustaría que ocurriera si su salud se deteriora, si querría despedirse o contactar con alguien, o qué le gustaría hacer con sus pertenencias.
Son conversaciones delicadas, íntimas y profundas que forman parte del acompañamiento y que muestran una manera de cuidar desde el respeto y el derecho a decidir sobre la propia vida hasta el final.
Derecho al recuerdo para compartir el duelo, visibilizar y sensibilizar
Las muertes de las personas sin hogar a las que acompañamos desde Arrels a menudo no nos esperan. Algunas personas nos dejan después de procesos de deterioro en los que podemos estar presentes y acompañar. Pero otras se marchan de forma repentina, por enfermedades no detectadas a tiempo, por situaciones de violencia o a causa del desgaste acumulado que supone tener que sobrevivir en la calle.
No nos cansamos de decir que tener que vivir en la calle no es algo normal; y morir en la calle, aún menos. Cuando esto ocurre, nuestro sentimiento de impotencia e injusticia es muy grande. Y todavía más cuando la defunción se categoriza como muerte natural. Porque es difícil hablar de muerte natural cuando una persona ha pasado años viviendo en la calle, en condiciones extremas, sin derechos básicos y expuesta a la violencia y a la intemperie.
Los equipos profesionales y de voluntariado de Arrels intentamos que el acompañamiento al final de la vida no se centre solo en la muerte, sino en la manera en la que la persona ha podido vivir esta última etapa. Que, a pesar de la fragilidad de la situación, haya tenido espacios de seguridad, alguien a su lado, y que hayamos podido reconocer sus deseos y sus derechos.
Acompañar en la muerte es mantener hasta el final el vínculo que hemos construido con la persona. Lo hacemos desde un hospital o un centro de convalecencia, desde una vivienda o una residencia, y también desde la propia calle.
En este contexto, 2009 fue un año de inflexión en Arrels en el acompañamiento en la muerte de las personas que viven en la calle en Barcelona. El entierro en soledad de una persona a la que habíamos acompañado en vida nos impactó tanto que nos llevó a crear protocolos internos para que esto no volviera a pasar. Porque todo el mundo tiene derecho a ser enterrado y despedido en compañía.
Con el tiempo, e inspirados por otras iniciativas europeas, vimos que era necesario compartir socialmente este duelo y hacer visible esta realidad. Por eso, desde 2016, cada otoño organizamos un memorial público para recordar a las personas sin hogar que nos han dejado durante el último año y denunciar que tener que vivir en la calle deteriora la salud y acorta los años de vida.
Lo hacemos en una plaza céntrica de la ciudad. Colocamos un par de zapatos por cada persona que recordamos y leemos su nombre y apellidos; también hay música y rosas blancas en señal de recuerdo. Es un espacio comunitario y abierto que reúne a otras personas sin hogar, voluntariado y equipos profesionales de Arrels, entidades sociales de la ciudad y ciudadanía. Homenaje, duelo y denuncia al mismo tiempo.
¿Por qué es tan importante para nosotros? Porque, normalmente, no existen rituales de despedida para las personas que han vivido en la calle. Los vínculos con la familia y la red que tenían se han roto y no hay espacios donde compartir el duelo y la dignidad. Por eso reivindicamos el derecho al recuerdo como un derecho vulnerado.
En los últimos diez años, hemos recordado públicamente a más de 600 personas que habían vivido sin hogar en Barcelona y que nos han dejado. Muertes que no hemos podido evitar, pero sobre las que hemos intentado que no caigan en el olvido y que nos interpelen como sociedad.
Recordar a las personas sin hogar que nos han dejado es preguntarnos cómo queremos cuidarnos como sociedad y qué significa que una persona envejezca y muera a causa de la vida en la calle.
Nadie debería morir sin hogar y sin acompañamiento. Tampoco sin recuerdo.