Tener que vivir en la calle: de la violencia directa a las causas estructurales


El frío, las actuaciones policiales, la aporofobia… En cuatro meses, ocho personas que viven en la calle en Barcelona han sufrido violencia directa y estructural y el resultado para tres de ellas ha sido la muerte. Tener que vivir en la calle expone a las personas a violencias muy diversas y continuadas que afectan su estado de salud y que, de media, reducen en 20 los años de vida.

El 28 de febrero, una mujer sin hogar fue agredida mientras pasaba la noche al raso. El 19 de febrero, un hombre que dormía en el Paseo de Gracia perdió todas sus pertenencias a causa de un incendio. Dos días antes, un chico que habitualmente duerme en la plaza Cataluña recibió en la pierna el impacto de una bala de foam disparada por los Mossos durante una manifestación. El 10 de febrero, tres jóvenes rociaron con gasolina a un hombre que dormía en la calle. En enero, tres hombres murieron de frío mientras pernoctaban en la calle. El 21 de noviembre, un hombre que vivía en raso resultó herido de gravedad después de que agentes de la Guardia Urbana de Barcelona le dispararan.

En cuatro meses, ocho personas sin hogar en Barcelona han sido víctimas de la violencia directa y de la violencia estructural que se sufre cuando se vive a la intemperie. Se trata de casos que se han hecho visibles en los medios de comunicación y en las redes sociales, pero no son los únicos porque los riesgos y la violencia que se padecen en la calle suelen ser muchos e invisibles.

Las agresiones físicas y verbales y los robos son los ejemplos más evidentes de la violencia directa. Pero hay otros: los elementos de arquitectura hostil que aparecen en espacios públicos y privados, cuando la policía obliga a una persona que duerme en la calle a moverse de sitio o la práctica habitual de la Guardia Urbana de despertar a las personas que duermen al raso a primera hora de la mañana. También cuando los servicios públicos de limpieza tiran sus pertenencias, el frío intenso y las temperaturas elevadas, el esfuerzo que supone para la persona tener que buscarse la vida para sobrevivir, etc.

Muchas de las personas que visitamos en la calle nos cuentan a menudo que han sufrido agresiones físicas o verbales pero la mayoría creen que este tipo de violencia va implícita a su situación y no saben que se trata de un delito. Hay dos datos que muestran esta realidad y su invisibilidad:

  • El 40% de las personas que entrevistamos en el año 2019 en el censo de personas sin hogar nos explicó que había sufrido algún tipo de agresión en los últimos meses; en el caso de las mujeres, este porcentaje aumenta más de la mitad y su vulnerabilidad es mayor porque también están expuestas a agresiones sexuales.
  • Según datos de la Fiscalía para Delitos de Odio y Discriminación de Barcelona, ​​cada año se registran solo tres o cuatro casos de personas víctimas por aporofobia porque es un tipo de violencia que no se llega a denunciar.

Con la llegada de la pandemia por la Covid-19, la sensación de inseguridad y la violencia directa hacia las personas que viven en la calle se han evidenciado y aumentado. Lo vimos especialmente durante el estado de alarma y el confinamiento estricto, cuando tres personas sin hogar que no tenían lugar donde confinarse murieron víctimas de homicidio mientras dormían en la calle, y con las sanciones impuestas por la policía a personas que no podían no estar en la calle porque vivían allí. Y lo seguimos observando ahora con el toque de queda, que provoca en muchas personas sensación de estar expuestas y de inseguridad.

 

Causas estructurales que tienen consecuencias

En Barcelona, ​​más de 1.200 personas viven en la calle. Lo contabilizamos en mayo de 2020 y, en noviembre, volvimos a salir a la calle y entrevistamos a 367 personas. Gracias a sus respuestas hemos sabido que el 22% de estas personas no vivía en la calle antes de la pandemia y que para 8 de cada 10 personas su situación ha empeorado o sigue igual. La mitad de las personas que encuestamos explican que tienen dificultades para alimentarse con menús calientes, encontrar lugares donde descansar durante el día, cambiarse de ropa y ducharse, contactar con servicios sociales y hacer trámites, etc . Una violencia invisible que ya existía antes de la Covid-19 en Barcelona y en el resto de Cataluña, y que actualmente se ha agravado.

Los motivos que llevan a una persona a vivir en la calle son muy diversos. Algunos como la salud, la edad o la educación tienen que ver con la persona. Otros dependen de la situación familiar o social, como una separación o la muerte de un ser querido. La mayoría de estas causas, sin embargo, tienen un origen estructural: las oportunidades de trabajo y la precariedad, el precio del alquiler y los desahucios, los movimientos migratorios y las dificultades para acceder a una situación administrativa legalizada, las dificultades para acceder a ayudas y los procedimientos institucionales complejos, etc.

La fotografía que tenemos de las personas que viven en la calle en Barcelona muestra buena parte de estas causas estructurales. La mitad de las personas hace más de un año que vive en la calle, tres de cada cuatro personas son migradas de otros países, el 42% ha estado en contacto con servicios sociales pero el resto no… Y, desde la nuestra experiencia, observamos más: dar el alta médica a una persona que no tiene un hogar donde acabar de recuperarse, abandonar el circuito de atención a la infancia y la adolescencia sin tener donde dormir, no querer empadronar a la persona en el municipio donde vive, entre otros.

Las consecuencias de esta realidad son muchas pero destacamos sobre todo una: vivir en la calle deteriora el estado de salud orgánica, mental y neurológica de las personas y avanza la edad de defunción. El año pasado, recordamos a hasta 70 personas sin hogar que nos habían dejado en Barcelona en solo 12 meses. En media, tenían 56 años, 26 menos que el resto de vecinos y vecinas de la ciudad.

 

Propuestas para proteger a las personas sin hogar

Revertir la violencia que sufren las personas sin hogar tiene que ver con un cambio de mirada que vea a las personas que viven en la calle como sujetos de derechos. Desde Arrels, proponemos:

  • Más inversión en vivienda pública en todo el territorio y más facilidades para que las personas sin hogar accedan. El Gobierno de la Generalitat debería impulsar el modelo Housing First, haciendo de paraguas informando, formando, organizando y dando herramientas a los municipios.
  • Saber cuántas personas hay en situación de sin hogar en Cataluña, organizando censos y recuentos desde los municipios y promoviendo una estrategia catalana conjunta desde el Gobierno catalán.
  • Atender a las personas desde cada municipio, garantizando el derecho al padrón y habilitando recursos que miren más allá del termómetro y la estacionalidad.
  • Incorporar en el Código Penal el concepto de aporofobia para proteger de manera efectiva a las personas víctimas de delitos de odio debido a su situación de sin hogar o su situación socioeconómica.
  • Más coordinación y formación de los cuerpos policiales en la realidad de las personas sin hogar, y más coordinación de estos con las entidades y servicios sociales.
  • Evitar los elementos de arquitectura hostil en espacios públicos y privados, informarse y buscar otras maneras de afrontar posibles conflictos.

Lee aquí las propuestas que hacemos a las formaciones políticas que conformarán el Parlament de Catalunya i el nuevo Govern de la Generalitat. También puedes conocer otras propuestas a los municipios y otras concretas al gobierno de Barcelona.

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